Carta de Bittorio
Fue en noche vieja
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Fue en Nochevieja... ya muy entrado el año nuevo, casi de madrugada. Estaba literalmente rodeada de ganado en celo. La yeguada parecía inquieta, a mí alrededor, había en aquel momento varios elementos estupendos, con la carne abultadita y palpitante debajo de sus exiguas camisetas de tirantes, a los machos les tintineaban las pupilas encendidas como ascuas al compás de los movimientos ondulantes del par de protuberancias por espécimen de hembra. Desde la parte más alta del local, yo divisaba allá oscura la primera zona más cerca de la entrada; y le vi de pronto llegar como si me hubieran avisado de la escena. ¡Que escena! Venia en camisa, parecía haber perdido el resto gracias a una mano cuidadosa que había puesto a salvo su mejor chaqueta. Seguramente la noche había sido larga; pero le quedaba lo mejor. Fue, volvió, resbaló, se incorporó y por fin llegó hasta mi radio de acción, allí junto a la yeguada, a la que por cierto saludo ostentosamente, reservando su última y mejor sonrisa para mí. Yo me mostré cálida y desdeñosa, le bailé sexy con una caricia, a cambio él me regaló con un gesto inconfundible en su boca, que decía: ¿te vas a venir conmigo a la cama? No sé cuando le dije que sí. No sé si se lo dije siquiera porque no me dio tiempo.
Bajábamos al galope por la cuesta, el frío de la madrugada sólo nos rozaba por fuera. Enseguida estuvimos en su piso. Desnudándonos, comiéndonos a trompicones, tocándonos en todas partes entre la ropa. Yo sentía cómo me bullían las ganas, y el cilindro rígido dentro de su pantalón despedía tanto calor que se me ponía el cuerpo de mantequilla: lubricado y golosón. En el manoseo, solté su cinturón y conseguí hacer una incursión en el interior; mientras él me comía una oreja, me amasaba las tetas y todavía le quedaba una mano para facilitarme la tarea eliminando las barreras que quedaban. Me agaché con ansias al pilón y le lamí el órgano con el mismo deleite que si fuera una golosina navideña. Aquel racimo sólo tenía dos uvas; por eso las besuqueé y las besé con más ahínco. Él se ponía rígido con la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y gimiendo; yo me aplicaba a la tarea como la mismísima Bilma Picapiedra a cuatro patas, medio desnuda y chorreando de gusto.
No sé ni cómo, llegamos hasta su cuarto; allí nos quitamos lo que nos quedaba. Mientras él se sentaba en la cama para soltarse los zapatos, yo me puse de espaldas aprovechando el centro de la escena para quitarme muuuy despacio los pantalones. No tuve que volver la vista, había un silencio muy cómplice que confirmaba a donde estaba él mirando. Le di tiempo y se levantó, y vino levantado hacia mí y pegó toda su piel contra la mía. Se agachó y me quitó el tanga rojo con esmero. Caímos sobre la cama, seguimos comiéndonoslo todo. Otra vez tenía sus dedos ya dentro y fuera, jugueteando con mi botón, poniéndome a mil por hora. De pronto me moría de ganas de tenerle dentro, se lo pedí, y él me hizo dar la vuelta para comerme más todavía desde atrás. Yo estaba con las piernas muy separadas y agachada de cintura. Y loca, estaba loca. Por entre mis piernas veía las suyas y su polla en el centro, aumentada su rigidez por la postura. Cerré los ojos porque me iba toda, y de pronto sentí su trozo de carne blandiéndome las entrañas. Jugaba a metérmela y a no metérmela. La tenía asida del tallo con una mano mientras con la otra me sujetaba a mí. Le grité que me la diera toda y él, obediente, me la introdujo de un certero golpe hasta los riñones. Yo dejé escapar u bramido de hembra en celo follada que se debió oír en toda la ciudad. Así estuvimos no sé ni cuanto, yo desbordándome del placer y él saboreándolo casi al límite pero sin derramarse. Cambiamos luego de otras maneras para seguir igual de enganchados. Él me dio un texto, me dijo: “Fóllame”; y yo lo repetí, lo repetí ya sin parar, se confundía con mis gemidos. No podía dejar de repetirlo, entramos en una especie de convulsión final. Su cuerpo se puso más rígido, me miró como asombrado, también él se derretía, me agarró con más fuerza y noté toda su leche caliente dentro de mí.
Quedó inaugurado el año de la mejor manera imaginable.
BITTORIO
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